¿De verdad el celular tiene la culpa?
Jan 29, 2026
En los últimos años ha empezado a tomar fuerza una idea que se repite en distintos espacios: volver a conectar en persona.
Cenas comunitarias, talleres presenciales, clubes de lectura, experiencias donde el celular no es protagonista o incluso está ausente.
La narrativa suele ser clara: antes nos relacionábamos mejor, ahora el celular nos lo arruinó.
Pero ¿y si esa explicación es demasiado simple?
Tal vez no estamos frente a un problema tecnológico, sino frente a algo más incómodo: hemos perdido práctica para conectar con otros.
El celular como chivo expiatorio
Es fácil señalar al teléfono como el responsable de nuestra desconexión.
Está siempre a la mano, interrumpe conversaciones y se cuela en cualquier momento de incomodidad.
Pero el celular no creó nuestra dificultad para relacionarnos.
Solo se volvió una salida rápida cuando no sabemos qué hacer con el silencio, la pausa o la vulnerabilidad que implica estar con alguien más.
Le echamos la culpa porque es más sencillo que aceptar que:
- nos cuesta sostener conversaciones largas
- nos incomoda no tener estímulo constante
- evitamos el contacto emocional profundo
- llegamos cansados y sin energía para vincularnos

No es adicción, es regulación
Muchas veces no usamos el celular por placer, sino por regulación.
Lo tomamos cuando estamos incómodos, nerviosos, aburridos o inseguros socialmente.
La pantalla se vuelve un amortiguador emocional.
Nos protege del momento incómodo, de no saber qué decir, de no sentirnos del todo vistos. El problema no es el dispositivo, sino que no hemos desarrollado suficientes recursos para regularnos en presencia de otros.
Otra idea común es que ya no tenemos tiempo para vernos como antes.
Sin embargo, el tiempo sigue ahí. Lo que cambió es cómo lo usamos y qué protegemos.
Horas de consumo digital pasan casi sin notarse, mientras que agendar un plan presencial parece requerir más esfuerzo del que estamos dispuestos a dar.
No porque no queramos conectar, sino porque conectar en persona exige energía, atención y presencia, cosas que muchas veces ya llegamos a casa sin tener.
Por qué están regresando las experiencias presenciales
La tendencia a crear espacios offline no surge de la nostalgia, sino de una necesidad real.
El cuerpo y la mente funcionan distinto cuando estamos con otros:
- el sistema nervioso se regula mejor
- se activa el sentido de pertenencia
- la conversación real reduce la sensación de aislamiento
- el contacto humano genera calma y significado

Lo digital conecta rápido, pero no siempre conecta profundo.
Y eso es algo que el cuerpo empieza a reclamar.
La pregunta no es si deberíamos dejar el celular.
La pregunta es si sabemos cuándo usarlo y cuándo no.
Aprender a conectar con otros implica reaprender habilidades que no se entrenan en redes:
- escuchar sin interrumpir
- tolerar el silencio
- sostener conversaciones imperfectas
- estar presentes sin distracción
La conexión humana nunca fue eficiente ni cómoda. Siempre fue torpe, lenta e impredecible. Y justo ahí estaba su valor.
Tal vez no se trata de volver a “como era antes”.
Tal vez se trata de aprender a estar con otros en el mundo que tenemos hoy.
Sin culpar al celular, pero sin usarlo como reemplazo.
Sin idealizar lo presencial, pero reconociendo que no todo puede pasar por una pantalla.
Conectar no es algo que se descarga.
Es algo que se practica.