El cuerpo también sabe sanar un corazón roto
Feb 12, 2026
Nadie te dice que el duelo también se suda.
Que hay dolores que no se piensan, se descargan.
Que a veces la ansiedad solo se calla en la caminadora,
y que el peso de una tristeza profunda puede sentirse distinto
cuando bajas hasta el piso en una lagartija.
Después de que te rompen el corazón,
el cuerpo queda lleno de cosas que no tienen dónde ir.
Palabras que no se dijeron, conversaciones que se ensayaron
mil veces en la cabeza, escenas que regresan
justo cuando no las llamas.
Y aun así, un día te pones los tenis, porque
llega un punto en que intentas
lo que sea con tal de no pensar en esa persona.

El gimnasio no parece el lugar para estar triste…
Cuerpos fuertes, música alta, rutinas marcadas,
gente que parece saber mejor que yo
qué está haciendo con su vida.
No es el lugar al que uno pensaría ir
cuando está roto por dentro.
Y sin embargo, ahí estás.
A veces llegas llorando.
A veces con los ojos hinchados.
A veces con el corazón hecho polvo y nadie lo sabe.
Porque en el gimnasio nadie te pregunta qué te pasó.
Solo te preguntan cuántas repeticiones te faltan.

El dolor también se mueve
No se trata de ir a tapar lo que duele.
Porque incluso mientras corres, los recuerdos vuelven.
Mientras levantas peso, aparecen los diálogos que no dijiste
o los que sí, pero hubieras querido decir distinto.
La diferencia es que ahora el cuerpo está ocupado.
La energía no se queda estancada.
El dolor encuentra una salida.
Cada repetición libera algo.
Rabia. Tristeza. Frustración. El “hubiera”.
Todo va saliendo con el sudor.

Sí, están las endorfinas.
La dopamina.
La química que ayuda a que, por un rato, el ruido baje.
Pero también está otra cosa:
la rutina de salir de casa cuando no quieres,
la decisión pequeña pero constante de cuidarte
incluso cuando no sabes bien cómo.
No te arregla el corazón.
Pero te sostiene mientras sana.
Habrá días en los que el cuerpo esté fuerte y la mente liviana,
y otros en los que, aunque ya pasaron meses,
el recuerdo vuelva a doler.
Y eso también está bien.
Lo importante es que, mientras el duelo hace su camino,
el cuerpo va construyendo otro.
Uno más firme.
Más presente.
Más tuyo.
Con el tiempo, se vuelve más natural soltar.
Avanzar.
Aceptar que la vida sigue, le extrañes o no, estés fuerte o cansado.

Tal vez hoy estás en un lugar físico y mental
mucho mejor que hace dos, tres o seis meses.
Y aun así, sabes todo lo que costó llegar ahí.
Cada entrenamiento fue una conversación interna.
Cada sesión, una forma de quedarte contigo.
Cada gota de sudor, una energía que no se quedó atrapada.
Sanar así —en silencio, desde el cuerpo, sin explicaciones— también cuenta.
También fortalece.
Porque a veces, el bienestar no empieza en entender lo que pasó,
sino en mover lo que se quedó guardado.
Y el cuerpo, cuando lo escuchas,
sabe exactamente cómo ayudarte a seguir.